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Karl Liebknecht / Rosa Luxemburg - Leon Trotsky

El inflexible Karl Liebknecht

Acabamos de sufrir la mayor de las pérdidas. El duelo nos embarga por partida doble.

Nos han arrebatado a dos líderes, dos jefes cuyos nombres quedarán inscritos por siempre jamás en el libro de oro de la revolución proletaria: Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg.

El nombre de Karl Liebknecht se dio a conocer en todo el mundo en los primeros días de la gran guerra europea.

Desde la primeras semanas de esta guerra, cuando el militarismo alemán festejaba sus primeras victorias, sus primeras orgías sangrientas, cuando los ejércitos alemanes lanzaban su ofensiva sobre Bélgica destruyendo sus fortalezas, cuando parecía que los cañones de 420 milímetros podrían someter el universo entero a los pies de Guillermo II, cuando la socialdemocracia alemana, con Scheidemann y Ebert a su cabeza, se arrodillaba ante el militarismo y el imperialismo alemán que parecían poder someter todo el mundo -tanto en el exterior, con la invasión del norte de Francia, como en el interior, dominando no solo a la casta militar y a la burguesía sino incluso a los representantes oficiales de la clase obrera-, enmedio de estos días sombríos y trágicos una sola voz se levantó en Alemania para protestar y maldecir: la de Karl Liebknecht.

Y su voz resonó en todo el mundo. En Francia, donde el espíritu de las masas obreras aún se encontraba obsesionado por la ocupación alemana y el partido de los social-patriotas predicaba desde el poder una lucha sin cuartel contra el enemigo que amenazaba París, la burguesía y los mismos chauvinistas tuvieron que reconocer que únicamente Liebknecht era la excepción a los sentimientos que animaban a todo el pueblo alemán.

En realidad Liebknecht no se encontraba solo: Rosa Luxemburg, mujer con gran coraje, luchaba a su lado, pese a que las leyes burguesas del parlamentarismo alemán no le permitieran lanzar su protesta desde lo alto de la tribuna, como hacía Karl Liebknecht. Es preciso señalar que Rosa Luxemburg estaba secundada por los elementos más conscientes de la clase obrera, en la que habían germinado sus poderosos pensamiento y palabra. Estas dos personalidades, dos militantes, se complementaban mutuamente y marchaban juntas es pos del mismo objetivo.

Karl Liebknecht encarnaba el tipo del revolucionario inquebrantable en el sentido más amplio del término. En torno a él se tejían innumerables leyendas y su nombre iba acompañado de esos informes y comunicados de los que nuestra prensa era tan generosa cuando estaba en el poder.

En la vida diaria Karl Liebknecht era -¡ay!, ya sólo podemos hablar en pasado- la encarnación misma de la bondad y la amistad. Podríamos decir que su carácter era de una dulzura absolutamente femenina, en el mejor sentido del término, y su voluntad de revolucionario, de un temple excepcional, le hacía capaz de combatir hasta la muerte por los principios que profesaba. Y lo demostró elevando sus protestas contra los representantes de la burguesía y los traidores socialdemócratas del Reichtag alemán, cuya atmósfera estaba saturada por los miasmas del chovinismo y el militarismo triunfantes. Lo demostró levantado en Berlín, en la plaza de Postdam, el estandarte de la rebelión contra los Hohenzollern y el militarismo burgués.

Fue detenido. Pero ni la prisión, ni los trabajos forzados lograron quebrar su voluntad y, liberado por la revolución de noviembre, Liebknecht se puso a la cabeza de los elementos más valerosos de la clase obrera alemana.


Rosa Luxemburg - La fuerza de las ideas

El nombre de Rosa Luxemburg no es tan conocido en Rusia o fuera de Alemania, pero se puede decir sin temor a exagerar que su personalidad no desmerece en nada a la de Liebknecht.

De constitución pequeña, débil y enfermiza, Rosa sorprendía por su poderosa mente.

Ya he dicho que estos dos líderes se complementaban mutuamente. La intransigencia y la firmeza revolucionaria de Liebknecht se combinaban con una dulzura y una amenidad femeninas, y Rosa Luxemburg, a pesar de su fragilidad, estaba dotada de un intelecto poderoso y viril.

Ferdinand Lasalle ya escribió sobre el esfuerzo físico del pensamiento y la tensión sobrenatural de que es capaz el espíritu humano para vencer y superar obstáculos materiales. Esta era la energía que comunicaba Rosa Luxemburg cuando hablaba desde la tribuna, rodeada de enemigos. Y tenía muchos. A pesar de ser pequeña de talla y de aspecto frágil, Rosa Luxemburg sabía dominar y mantener la atención de grandes auditorios, incluso cuando eran hostiles a sus ideas.

Era capaz de reducir al silencio a sus más resueltos enemigos mediante el rigor de su lógica, sobre todo cuando sus palabras se dirigían a las masas obreras.

Lo que hubiera podido suceder en Rusia durante las jornadas de julio

Nosotros sabemos muy bien cómo procede la reacción para organizar ciertas revueltas populares. Todos nos acordamos de aquellos días de julio entre los muros de Petrogrado, cuando las bandas negras organizadas por Kerensky y Tseretelli contra los bolcheviques masacraban a los obreros, acosando a los militantes, fusilando y pasando a bayoneta a los obreros aislados que eran sorprendidos en las calles. Los nombres de los mártires proletarios, como Veinoff, aún están presentes en la memoria de casi todos nosotros. Si fuimos capaces entonces de conservar a Lenin, y a Zinoviev, fue porque pudieron escapar de los asesinos. Y entonces se levantaron algunas voces entre los mencheviques y socialrevolucionarios para reprochar a Lenin y Zinoviev el haberse librado de un juicio en el que les hubiera resultado sencillo rebatir las acusaciones de ser espías alemanes. ¿Pero, a qué tribunal se referían? ¿Acaso aquél al que fue conducido más tarde Liebknecht, y en el que a mitad de camino Lenin y Zinoviev hubieran sido fusilados por intento de evasión? Sin duda ésta hubiera sido la declaración oficial. Tras la terrible experiencia de Berlín, no podemos menos que felicitarnos de que Lenin y Zinoviev se abstuvieran de comparecer ante en tribunal del gobierno burgués.

Aberración histórica

¡Pérdida irreparable, traición sin parangón! Los jefes del partido comunista alemán ya no están entre nosotros. Hemos perdido a nuestros mejores compañeros, ¡y sus asesinos siguen formando parte del partido socialdemócrata que osa remontar su genealogía hasta Karl Marx! ¡Esos son los hechos, camaradas! El mismo partido que traicionó los intereses de la clase obrera desde el principio de la guerra, que apoyó al militarismo alemán, que alentó la destrucción de Bélgica y la invasión de las provincias septentrionales francesas, el partido cuyos jefes nos dejaron en manos de nuestros enemigos los militaristas alemanes cuando tuvieron lugar las conversaciones de paz de Brest-Litovsk, ¡ese mismo partido y sus jefes -Scheidemann y Ebert- se autodenominan aún marxistas al tiempo que organizan las bandas negras que han asesinado a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg!

Ya hemos conocido con anterioridad una aberración histórica similar, una felonía análoga, pues lo mismo pasó con el cristianismo. El cristianismo evangélico era una ideología de pescadores oprimidos, de esclavos, de trabajadores aplastados por la sociedad, una ideología de proletarios. ¿Y acaso no fue acaparado por aquellos que monopolizaban la riqueza, por los reyes, los patriarcas y los papas? Indudablemente, el abismo que separa el cristianismo primitivo, tal como surgió de la conciencia del pueblo y las capas inferiores de la sociedad, del catolicismo y las teorías ortodoxas es tan profundo como el que ahora separa las teorías de Marx, puro fruto del pensamiento y los sentimientos revolucionarios, de los residuos ideológicos burgueses con los que trafican los Scheidemann y Ebert de todos los países.

¡La sangre de los militantes asesinados clama venganza!

¡Camaradas! Estoy convencido que este abominable crimen será la última canallada de la lista que han perpetrado los Scheidemann y Ebert. El proletariado ha soportado durante mucho tiempo las iniquidades de aquellos a quienes la historia colocó a su cabeza. Pero su paciencia se agota y este último crimen no quedará impune. La sangre de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburg clama venganza; las calles de Berlín, y la plaza de Postdam, donde Karl Liebknecht fue el primero en levantar el estandarte de la revuelta contra los Hohenzollern, hablarán. ¡Sus adoquines, no lo dudéis, servirán para levantar nuevas barricadas contra los ejecutores de estas infamias, los perros guardianes de la sociedad burguesa, contra los Scheidemann y los Ebert!

La lucha no ha hecho más que comenzar.

Scheidemann y Ebert han sofocado, por el momento, al movimiento Espartaquista (comunistas alemanes). Han asesinado a dos de los mejores jefes de este movimiento y puede que aún festejen la hora de su victoria. Pero este triunfo es ilusorio, pues de hecho aún no ha tenido lugar ninguna acción decisiva. El proletariado alemán todavía no se ha sublevado para conquistar el poder político. Por parte del proletariado, todo lo que ha precedido a los actuales sucesos no ha sido más que una importante maniobra de reconocimiento para descubrir las posiciones del enemigo. Son los preliminares de la batalla, pero no la batalla misma. Unos preliminares indispensables para el proletariado alemán, igual que nos fueron indispensables las jornadas de julio.

El papel histórico de las jornadas de julio

Ya conocéis el curso de los acontecimientos y su lógica interna. A fines de febrero de 1917 (según el antiguo calendario), el pueblo había derrocado la autocracia y, durante las primeras semanas, parecía que se había conseguido ya lo esencial. Los hombres de nuevo temple que surgieron de los otros partidos -partidos que no habían tenido un papel preponderante entre nosotros- gozaron en un primer momento de la confianza, o mejor semi-confianza, de las masas obreras.

Petrogrado, como era preciso, se encontraba a la cabeza del movimiento. Tanto en febrero como en julio constituía la vanguardia que llamaba a los obreros a una guerra declarada contra el gobierno burgués, contra los partidarios de la Entente. Y esta vanguardia fue la que llevó a cabo las grandes maniobras de reconocimiento.

Precisamente durante las jornadas de julio chocó directamente con el gobierno de Kerensky.

No se trataba aún de la revolución, tal y como la realizamos en octubre: fue una experiencia cuyo sentido no estaba todavía claro para las masas obreras.

Los trabajadores de Petrogrado se limitaron a declarar la guerra a Kerensky. Pero en el choque que se produjo pudieron convencerse y probar a las masas obreras del mundo entero que Kerensky no estaba apoyado por ninguna fuerza revolucionaria real y que su partido estaba formado por la burguesía, la guardia blanca y la contrarrevolución.

Recordaréis que las jornadas de julio terminaron para nosotros con una derrota en el sentido formal del término: los camaradas Lenin y Zinoviev se vieron obligados a ocultarse. Muchos de los nuestros fueron encarcelados; nuestros diarios fueron cerrados, el soviet de diputados obreros y soldados reducido a la impotencia, las tipografías obreras saqueadas, los locales de las organizaciones obreras clausurados; las bandas negras lo invadieron todo, lo destruyeron todo.

En Petrogrado pasó exactamente lo mismo que pasó en 1919 en las calles de Berlín. Pero nosotros no dudamos ni por un instante de que las jornadas de julio no eran más que el preludio de nuestra victoria.

Durante ellas pudimos evaluar el número y la composición de las fuerzas del enemigo; pusieron en evidencia que el gobierno de Kerensky y Tseretelli era en realidad un poder al servicio de los capitalistas y de los grandes propietarios contrarrevolucionarios.

Los mismos acontecimientos se produjeron en Berlín

Análogos acontecimientos tuvieron lugar en Berlín. En Berlín, como en Petrogrado, el movimiento revolucionario estaba por delante de las masas obreras atrasadas. Igual que en Rusia, los enemigos de la clase obrera gritaban: "¡No podemos someternos a la voluntad de Berlín; Berlín está aislado; es preciso reunir una Asamblea Constituyente y llevarla a una ciudad de provincias con tradiciones más sanas. Berlín está pervertido por la propaganda de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburg!". Todo lo que sucedió en Rusia, todas las calumnias y toda la propaganda contrarrevolucionaria que soportamos allí, todo ha sido traducido al alemán y propagado aquí por Scheidemann y Ebert contra el proletariado alemán y contra los jefes del Partido comunista, Liebknecht y Rosa Luxemburg. Cierto es que toda esta campaña ha revestido en Alemania unas proporciones más amplias que en Rusia, pero ello se debe al hecho de que los alemanes repiten unos acontecimientos que ya tuvieron lugar en nuestro país; además, los antagonismos de clase están mucho más netamente marcados en Alemania.

En nuestro país, camaradas, cuatro meses separaron la revolución de febrero y las jornadas de julio. Cuatro meses necesitó el proletariado de Petrogrado para experimentar la necesidad absoluta de echarse a la calle para romper las columnas sobre las que se sustentaba el templo de Kerensky y Tseretelli.

Y tras las jornadas de julio transcurrieron cuatro meses antes de que las tropas de la inmensa reserva de provincias llegasen a Petrogrado y nos permitieran, en octubre de 1917(o noviembre, con el nuevo calendario), lanzarnos al asalto de las posiciones enemigas seguros de nuestra victoria.

En Alemania, la primera explosión revolucionaria tuvo lugar en noviembre y los acontecimientos análogos a nuestras jornadas de julio en enero. El proletariado alemán lleva a cabo su revolución con un calendario más apretado. Lo que a nosotros nos costó cuatro meses a ellos no les llevó más de dos.

No cabe duda de que esta proporción se mantendrá hasta el final. Puede que de las jornadas de julio "alemanas" a su octubre no pasen cuatro meses, como en Rusia, sino apenas otros dos.

Los tiros que ha recibido Karl Liebknecht por la espalda, no lo dudéis, han resonado con fuerza por toda Alemania. Y el rumor ha debido sonar como una campana fúnebre para los oídos de los Scheidemann y Ebert.

Acabamos de cantar el "Requiem" por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. Nuestros jefes han muerto y ya no les veremos más. ¿Pero cuántos de vosotros, camaradas, los habéis conocido personalmente en vida? Una pequeña minoría.

Y sin embargo, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg siempre han estado presentes entre vosotros.

En vuestras reuniones y congresos habéis elegido a menudo a Karl Liebknecht como presidente de honor. Aunque ausente, asistía a vuestras reuniones y ocupaba un sitio de honor en vuestra mesa. Pues el nombre de Karl Liebknecht no designa solamente a una persona determinada y aislada, para nosotros su nombre encarna todo lo que hay de bueno, noble y grande en la clase obrera, en su vanguardia revolucionaria.

Todo eso es lo que vemos en Karl Liebknecht. Y cuando uno de nosotros imagina un hombre invulnerablemente acorazado contra el miedo y la debilidad, un hombre absolutamente íntegro, pensamos en Karl Liebknecht.

No solamente ha sido capaz de derramar su sangre (puede que no haya sido éste el rasgo principal de su carácter), osó levantar la voz enmedio de la furia de nuestros enemigos, en una atmósfera saturada de los miasmas del chovinismo, cuando toda la sociedad alemana guardaba silencio y el militarismo campaba por sus respetos. Él se atrevió a levantar la voz y decir: "Kaiser, generales, capitalistas y vosotros -Scheidemann que estranguláis a Bélgica, de devastáis el norte de Francia y queréis dominar el mundo entero- yo os desprecio, os odio, os declaro la guerra, una guerra que estoy dispuesto llevar hasta el final".

¡Camaradas, si bien el envoltorio material de Liebknecht ha desaparecido, su memoria permanece y permanecerá imborrable!

Junto al de Karl Liebknecht, el nombre de Rosa Luxemburg se conservará para siempre en los fastos del movimiento revolucionario universal.

¿Conocéis las leyendas sobre los santos y su vida eterna? Estas historias se basan en la necesidad que tienen los hombres de conservar la memoria de los que, como líderes, les han servido honesta y verazmente; necesitan inmortalizarlos envolviéndolos en una aureola de pureza.

Camaradas, nosotros no tenemos necesidad de estas leyendas; no necesitamos canonizar a nuestros héroes, nos basta la realidad de los acontecimientos que estamos viviendo, por sí misma legendaria, que pone de manifiesto la fuerza de espíritu de nuestros jefes y forja unos caracteres que destacan sobre el resto de la humanidad.

Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg vivirán eternamente en nuestro recuerdo. Siempre, en todas las reuniones en las que hemos evocado a Liebknecht hemos sentido su presencia, y la de Rosa Luxemburg, con una claridad extraordinaria, casi material.

Y la sentimos ahora, en estos trágicos momentos en los que nos sentimos espiritualmente unidos a los más nobles trabajadores de Alemania, de Inglaterra y del mundo entero, todos abrumados por el mismo e inmenso dolor.

En esta lucha y ante estas pruebas los sentimientos no conocen fronteras.

Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht son nuestros hermanos

Para nosotros Liebknecht no es sólo un líder alemán, igual que Rosa Luxemburg no es sólo una socialista polaca que se puso a la cabeza de los obreros alemanes... Ambos son nuestros hermanos; estamos unidos a ellos por lazos morales indisolubles.

¡Camaradas! Jamás repetiremos esto demasiado pues Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg estaban estrechamente unidos al proletariado revolucionario ruso.

La vivienda de Liebknecht en Berlín era el centro de reunión de nuestros emigrados.

Cuando se trataba de protestar en el parlamento alemán, o en la prensa, contra los servicios que prestaban los imperialistas germanos a la reacción rusa, nos dirigíamos a Karl Liebknecht. Él llamaba a todas las puertas e influía sobre todos -incluso sobre Sheidemann y Ebert- para determinarlos a reaccionar contra los crímenes del imperialismo.

Rosa Luxemburg lideró el partido socialdemócrata polaco que junto al partido socialista forman hoy el Partido Comunista.

En Alemania, Rosa Luxemburg, con el talento que la caracterizaba, profundizó en la lengua y la vida política del país y pronto ocupó un lugar destacado en el antiguo partido socialdemócrata.

En 1905, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg tomaron parte en todos los acontecimientos de la revolución rusa. Rosa Luxemburg fue incluso arrestada por su condición de militante activa y puesta bajo vigilancia tras su excarcelación de la ciudadela de Varsovia. Entonces pasó ilegalmente (1906) a Petrogrado y allí frecuentaba nuestros círculos revolucionarios. Visitaba a nuestros detenidos en las prisiones y nos servía en el sentido más amplio del término de agente de enlace con el mundo socialista de entonces. Pero además de todas estas relaciones personales, guardamos de nuestra comunión moral con ella -de esta comunión que crea la lucha en nombre de grandes principios y esperanzas- el más hermoso de los recuerdos.

Hemos compartido con ella la mayor de las desgracias que haya conocido la clase obrera universal -la vergonzosa bancarrota de la II Internacional en agosto de 1914. Y con ella levantaron la bandera de la III Internacional los mejores de entre nosotros, y la han sostenido con orgullo sin desfallecer un solo instante.

Hoy en día, camaradas, ponemos en práctica los preceptos de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg en la lucha que mantenemos. Sus ideas nos inspiran cuando, en un Petrogrado sin pan ni fuego, trabajamos para construir un nuevo régimen soviético. Y cuando nuestros ejércitos avanzan victoriosos en todos los frentes, el espíritu de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburg también los anima.

En Berlín, la vanguardia del Partido Comunista aún no disponía de fuerzas suficientemente organizadas para defenderse. Aún no tenía un ejército rojo, como tampoco teníamos nosotros durante las jornadas de julio, cuando la primera oleada de un movimiento poderoso pero no organizado fue quebrada por bandas organizadas aunque poco numerosas. Aún no hay ejército rojo en Alemania, pero sí lo hay en Rusia. El ejército rojo es un hecho, día a día se organiza y es más numeroso.

Cada uno de nosotros tomará como un deber el explicar a los soldados cómo y por qué han muerto Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, lo que eran y el lugar que debe ocupar su memoria en el espíritu de todo soldado, de todo campesino. Estos dos héroes han entrado para siempre en nuestro panteón espiritual.

Aunque en Alemania no deja de extenderse la ola de la reacción, no dudemos por un instante que el octubre rojo no esté próximo.

Y ahora, dirigiéndonos al espíritu de los dos grandes difuntos, podemos decir: Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, ya no estáis en este mundo, pero seguís entre nosotros; viviremos y lucharemos animados por vuestras ideas, bajo el influjo de vuestra grandeza moral y juramos que si llega nuestra hora moriremos de pie frente al enemigo, como vosotros habéis muerto, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht.


Notas de la edición francesa: Primera publicación el 18 de enero de 1919, primera edición francesa en París, marzo de 1920, en la Revue Communiste, ediciones de la Internacional Comunista. Texto transcrito a partir de un ejemplar del Bulletin Communiste

http://www.marxists.org/espanol/trotsky/1910s/19190118.htm

Rosa Luxemburgo. Esbozo biográfico - Tony Cliff



Rosa Luxemburg nació en la pequeña población polaca de Zamosc, el 5 de marzo de 1871. Desde muy joven fue activista del movimiento socialista. Se unió a un partido revolucionario llamado Proletariat, fundado en 1882, alrededor de 21 años antes de que se fundara el Partido Social Demócrata Ruso (bolcheviques y mencheviques).

Proletariat estuvo desde sus comienzos, tanto en principios como en programa, señaladamente adelantado con respecto al movimiento revolucionario en Rusia. Mientras el movimiento revolucionario ruso estaba todavía restringido a actos de terrorismo individual llevados a cabo por una heroica minoría de intelectuales, Proletariat organizaba y dirigía a miles de trabajadores en huelga. No obstante, en 1886, Proletariat fue prácticamente decapitado por la ejecución de cuatro de sus líderes, el encarcelamiento de otros veintitrés bajo largas condenas a trabajos forzados y el destierro de otros doscientos. Sólo se salvaron del naufragio pequeños círculos, y a uno de ellos se unió Rosa Luxemburg a los 16 años. Alrededor de 1889, su actuación llegó a oídos de la policía y tuvo que abandonar Polonia, ya que sus camaradas pensaron que podría realizar tareas más útiles en el exterior que en prisión. Fue a Zurich, en Suiza, que era el centro más importante de emigración polaca y rusa. Ingresó en la universidad, donde estudió ciencias naturales, matemáticas y economía. Tomó parte activa en el movimiento obrero local y en la intensa vida intelectual de los revolucionarios emigrados.

Apenas dos años más tarde, Rosa ya era reconocida como líder teórico del partido socialista revolucionario de Polonia. Llegó a ser colaboradora principal del diario del partido, Sprawa Rabotnicza, publicado en París. En 1894, el nombre del partido, Proletariat, cambió por el de Partido Social Demócrata del Reino de Polonia; muy poco después, Lituania se añadió al título. Rosa siguió siendo líder teórico del partido -el SDKPL- hasta el fin de su vida.

En agosto de 1893, representó al partido en el Congreso de la Internacional Socialista. Allí, siendo una joven de 22 años, tuvo que lidiar con veteranos muy conocidos de otro partido polaco, el Partido Socialista Polaco (PPS), cuyo principio más importante era la independencia de Polonia, y que demandaba el reconocimiento de todos los miembros de mayor experiencia del socialismo internacional.

La ayuda para el movimiento nacional en Polonia tenía tras de sí el peso de una larga tradición: también Marx y Engels habían hecho de esto un principio importante en su política. Impertérrita ante todo esto, Rosa cuestionó al PSS, acusándolo de tendencias claramente nacionalistas y de propensión a desviar a los trabajadores de la senda de la lucha de clases; se atrevió a tomar una posición diferente a la de los viejos maestros y se opuso al slogan de "independencia para Polonia" (Para una elaboración de la posición de Rosa Luxemburg sobre la cuestión nacional, véase el Capítulo 6.) Sus adversarios acumularon injurias sobre ella: algunos, como el veterano discípulo y amigo de Marx y Engels, Wilhelm Liebknecht, llegó a acusarla de ser agente de la policía secreta zarista. No obstante, ella se mantuvo en sus trece.

Intelectualmente crecía a pasos agigantados. En 1898, se dirigió al centro del movimiento obrero internacional en Alemania, que la atrajo irresistiblemente.

Comenzó a escribir asiduamente, y después de un tiempo llegó a ser uno de los principales colaboradores del periódico teórico marxista más importante de la época, Die Neue Zeit. Invariablemente independiente en el juicio y en la crítica, ni siquiera el tremendo prestigio de Karl Kautsky, su director -"Papa del marxismo", como se le llamaba-, lograba apartarla de sus opiniones elaboradas, una vez que estaba convencida de ellas.

Rosa entregó cuerpo y alma al movimiento obrero en Alemania. Era colaboradora regular de numerosos diarios socialistas -y en algunos casos directora-, dirigió muchos mítines populares y tomó parte enérgicamente en todas las tareas que el movimiento le requería. Desde el principio hasta el fin, sus disertaciones y artículos eran trabajos creativos originales, en los que apelaba a la razón más que a la emoción, y en los que siempre abría a sus oyentes y lectores un horizonte más amplio.

En este momento, el movimiento de Alemania se dividió en dos tendencias principales, una reformista -con fuerza creciente- y la otra revolucionaria. Alemania había gozado de creciente prosperidad desde la crisis de 1873. El nivel de vida de los trabajadores había ido mejorando ininterrumpidamente, aunque en forma lenta: los sindicatos y cooperativas se habían vuelto más fuertes. En estas circunstancias, la burocracia de estos movimientos, junto con la creciente representación parlamentaria del Partido Social Demócrata, se alejaba de la revolución y se inclinaba con gran ímpetu hacia los que ya proclamaban el cambio gradual o el reformismo como meta. El principal vocero de esta tendencia era Eduard Bernstein, un discípulo de Engels. Entre 1896 y 1898, escribió una serie de artículos en Die Neue Zeit sobre "Problemas del Socialismo", atacando cada vez más abiertamente los principios del marxismo. Estalló una larga y amarga discusión. Rosa Luxemburg, que acababa de ingresar en el movimiento obrero alemán, inmediatamente salió en defensa del marxismo. De forma brillante y con magnífico ardor atacó el propagado cáncer del reformismo en su folleto ¿Reformismo o revolución?. (Para una elaboración de su crítica del reformismo, véase el Capítulo 2).

Poco después, en 1899, el "socialista" francés Millerand participó de un gobierno de coalición con un partido capitalista. Rosa siguió atentamente este experimento y lo analizó en una serie de brillantes artículos referentes a la situación del movimiento francés en general, y a la cuestión de los gobiernos de coalición en particular (véase el Capítulo 2). Después del fiasco de Macdonald en Gran Bretaña, el de la República de Weimar en Alemania, el del Frente Popular en Francia en la década de los 30 y los gobiernos de coalición posteriores a la Segunda Guerra Mundial en el mismo país, queda claro que las enseñanzas impartidas por Rosa no son únicamente de interés histórico.

Entre 1903-1904, Rosa se entregó a una polémica con Lenin, con quien disentía en la cuestión nacional (véase el Capítulo 6), y en la concepción de la estructura del partido y la relación entre el partido y la actividad de las masas (véase el Capítulo 5).

En 1904, después de "insultar al Káiser", fue sentenciada a nueve meses de prisión, de los cuales cumplió solo uno.

En 1905, con el estallido de la primera revolución rusa, escribió una serie de artículos y panfletos para el partido polaco, en los que exponía la idea de la revolución permanente, que había sido desarrollada independientemente por Trotsky y Parvus, pero sostenida por pocos marxistas de la época. Mientras que tanto los bolcheviques como los mencheviques, a pesar de sus profundas divergencias, creían que la revolución rusa había de ser democrático-burguesa, Rosa argüía que se desarrollaría más allá del estadio de burguesía democrática y que podría terminar en el poder de los trabajadores o en una derrota total. Su slogan era "dictadura revolucionaria del proletariado basada en el campesinado".1

Sin embargo, pensar, escribir y hablar sobre la revolución no era suficiente para Rosa Luxemburg. El motto de su vida fue: "En el principio fue el acto". Y aunque no gozaba de buena salud en ese momento, entró de contrabando en la Polonia rusa tan pronto como pudo (en diciembre de 1905). En ese momento el punto culminante de la revolución había sido superado. Las masas todavía estaban activas, pero ahora vacilantes, mientras la reacción alzaba su cabeza. Se prohibieron todos los mítines, pero los obreros todavía los celebraban en sus fortalezas: las fábricas. Todos los periódicos de los trabajadores fueron suprimidos, pero el del partido de Rosa seguía apareciendo todos los días, impreso clandestinamente. El 4 de marzo de 1906 fue arrestada y detenida durante cuatro meses, primero en la prisión y posteriormente en un fuerte. A causa de su mala salud y de su nacionalidad alemana, fue liberada y expulsada del país.2

La revolución rusa dio vigor a una idea que Rosa había concebido años atrás: que las huelgas de masas -tanto políticas como económicas- constituían un elemento cardinal en la lucha revolucionaria de los trabajadores por el poder, singularizando a la revolución socialista de todas las anteriores. A partir de allí elaboró aquella idea en base a una nueva experiencia histórica. (Véase el Capítulo 3)

Al hablar en tal sentido en un mitin público fue acusada de "incitar a la violencia", y pasó otros dos meses en prisión, esta vez en Alemania.

En 1907, participó en el Congreso de la Internacional Socialista celebrado en Stuttgart. Habló en nombre de los partidos ruso y polaco, desarrollando una posición revolucionaria coherente frente a la guerra imperialista y al militarismo. (Véase el Capítulo 4)

Entre 1905 y 1910, la escisión entre Rosa Luxemburg y la dirección centrista3 del SPD -del que Kautsky era el portavoz teórico- se hizo más profunda. Ya en 1907, Rosa había expresado su temor de que los líderes del partido, al margen de su profesión de marxismo, vacilarían frente a una situación que requiriera acción. El punto culminante llegó en 1910, cuando se produjo una ruptura total entre Rosa y Karl Kautsky por la cuestión de la vía de los trabajadores hacia el poder. Desde ese momento, el SPD se dividió en tres tendencias diferenciadas: los reformistas, que progresivamente fueron adoptando una política imperialista; los así llamados marxistas de centro, conducidos por Kautsky (ahora apodado por Rosa Luxemburg "líder del pantano"), quien conservaba su radicalismo verbal pero se limitaba cada vez más a los métodos parlamentarios de lucha; y el ala revolucionaria, de la que Rosa Luxemburg era la principal inspiradora.

En 1913, publicó su obra más importante: La acumulación de capital. (Una contribución a la explicación económica del imperialismo). Ésta es sin duda, desde El Capital una de las contribuciones más originales a la doctrina económica marxista. Este libro -como lo señalara Mehring, el biógrafo de Marx- con su caudal de erudición, brillantez de estilo, vigoroso análisis e independencia intelectual, es de todas las obras marxistas, la más cercana a El Capital. El problema central que estudia es de enorme importancia teórica y política: los efectos que la expansión del capitalismo en territorios nuevos y atrasados, tiene sobre sus propias contradicciones internas y sobre la estabilidad del sistema. (Para un análisis de esta obra véase el Capítulo 8.)

El 20 de febrero de 1914, Rosa Luxemburg fue arrestada por incitar a los soldados a la rebelión. La base de esta acusación fue una arenga en la que declaró: "Si ellos esperan que asesinemos a los franceses o a cualquier otro hermano extranjero, digámosles: 'No, bajo ninguna circunstancia'". En el Tribunal se transformó de acusada en acusadora, y su disertación -publicada posteriormente bajo el título Militarismo, guerra y clase obrera- es una de las más inspiradas condenas del imperialismo por parte del socialismo revolucionario. Se la sentenció a un año de prisión, pero no fue detenida ahí mismo. Al salir de la sala del tribunal fue de inmediato a un mitin popular, en el que repitió su revolucionaria propaganda antibélica.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, prácticamente todos los líderes socialistas fueron devorados por la marea patriótica. El 3 de agosto de 1914, el grupo parlamentario de la socialdemocracia alemana decidió votar a favor de créditos para el gobierno del Káiser. Sólo quince de los ciento once diputados mostraron algún deseo de votar en contra. No obstante, después de serles rechazada su solicitud de permiso, se sometieron a la disciplina del partido, y el 4 de agosto, todo el grupo socialdemócrata votó por unanimidad en favor de los créditos. Pocos meses después, el 3 de diciembre, Karl Liebknecht ignoró la disciplina del partido para votar de acuerdo con su conciencia. Fue el único voto en contra de los créditos para la guerra.

La decisión de la dirección del partido fue un rudo golpe para Rosa Luxemburg. Sin embargo, no se permitió la desesperación. El mismo día que los diputados de la socialdemocracia se unieron a las banderas del Káiser, un pequeño grupo de socialistas se reunió en su departamento y decidió emprender la lucha contra la guerra. Este grupo, dirigido por Rosa, Karl Liebknecht, Franz Mehring y Clara Zetkin, finalmente se transformó en la Liga Espartaco. Durante cuatro años, principalmente desde la prisión, Rosa continuó dirigiendo, inspirando y organizando a los revolucionarios, levantando las banderas del socialismo internacional. (Para más detalles de su política antibélica, véase el Capítulo 4.)

El estallido de la guerra, separó a Rosa del movimiento obrero polaco, pero debe de haber obtenido profunda satisfacción, porque su propio partido en Polonia permaneciera en todo sentido leal a las ideas del socialismo internacional.

La revolución rusa de febrero de 1917 concretó las ideas políticas de Rosa: oposición revolucionaria a la guerra y lucha para el derrocamiento de los gobiernos imperialistas. Desde la prisión, seguía febrilmente los acontecimientos, estudiándolos a fondo con el objeto de recoger enseñanzas para el futuro. Señaló sin vacilaciones que la victoria de febrero no significaba el final de la lucha, sino solo su comienzo; que únicamente el poder en manos de la clase trabajadora podía asegurar la paz. Emitió constantes llamamientos a los trabajadores y soldados alemanes para que emularan a sus hermanos rusos, derrocaran a los junkers y al capitalismo. Así, al mismo tiempo que se solidarizarían con la revolución rusa, evitarían morir desangrados bajo las ruinas de la barbarie capitalista.

Cuando estalló la Revolución de Octubre, Rosa la recibió con entusiasmo, ensalzándola con los términos más elevados. Al mismo tiempo, no sustentaba la creencia de que la aceptación acrítica de todo lo que los bolcheviques hicieran fuera útil al movimiento obrero. Previó claramente que si la Revolución Rusa permanecía en el aislamiento, un elevado número de distorsiones mutilarían su desarrollo; bien pronto señaló tales distorsiones en el proceso de desarrollo de la Rusia soviética, particularmente sobre la cuestión de la democracia. (Véase el Capítulo 7.)

El 8 de noviembre de 1918, la revolución alemana liberó a Rosa de la prisión. Con todo su energía y entusiasmo se sumergió en la lucha revolucionaria. Lamentablemente las fuerzas reaccionarias eran poderosas. Líderes del ala derecha de la socialdemocracia y generales del viejo ejército del Káiser unieron sus fuerzas para suprimir al proletariado revolucionario. Miles de trabajadores fueron asesinados; el 15 de enero de 1919 mataron a Karl Liebknecht; el mismo día, el culatazo de rifle de un soldado destrozó el cráneo de Rosa Luxemburg.

El movimiento internacional de los trabajadores perdió, con su muerte, uno de sus más nobles espíritus. "El más admirable cerebro entre los sucesores científicos de Marx y Engels", como dijo Mehring, había dejado de existir. En su vida, como en su muerte, dio todo por la liberación de la humanidad.

Notas

1. No por nada Stalin denuncia a Rosa póstumamente en 1931 como trotskista (véase J.V.Stalin, Works Tomo XII, pp86-104).

2. Había adquirido la nacionalidad alemana mediante un matrimonio simulado con Gustav Lübeck. (N. de la T.)

3. Centrista fue un término que se aplicaba a aquellos que mantenían una posición intermedia, vacilante, entre los revolucionarios consistentes y los reformistas declarados. (N. del T.)


http://www.marxists.org/espanol/cliff/luxemburg/rosacap1.html